Este pastel de calabaza —o pumpkin pie, como lo llaman en Estados Unidos— es de esas recetas que enamoran. Perfecto para las tardes frías, con una taza de café o té al lado. Tiene todo lo que me gusta: color, textura y ese aroma dulce que llena la cocina.
Hacerlo es más fácil de lo que parece. Aunque lleva varios pasos, ninguno es complicado. Solo necesitas un poco de paciencia y muchas ganas. La masa queda crujiente, doradita. El relleno, suave como una crema.
Algunos usan calabaza enlatada para ahorrar tiempo. Yo prefiero cocer la calabaza en casa y hacer el puré desde cero. No hay punto de comparación. Además, es una forma bonita de conectar con el ingrediente.
¿La calabaza que usé? La encuentras en cualquier supermercado, de piel clara y pulpa anaranjada. Si estás leyendo esto desde fuera de España, quizá la más parecida sea el zapallo. Son primos, de la familia de las Curcubitas. ¿Funciona igual en esta receta? No lo sé con certeza. Pero si te animas a probarlo, escríbeme.



